Ven, siéntate junto a mí. Me da mucho gusto que hayas regresado. Realmente creí que me habías ignorado como a un fantasma tonto en los albores del olvido.
Pensé que no volverías.
Muchas veces me pregunté por qué un joven como tú querría escuchar los recuerdos de un muerto como yo, que dejó de gobernar su país hace más de un siglo.
¡Un país donde la mitad de los mexicanos querían arrebatarme el poder, y la otra mitad se cruzó de brazos para ver cómo me echaban!
¡Desagradecidos!
¡Rebeldes! ¡Facciosos!
Perdón.
Disculpa mis palabras pero estoy acostumbrado a que la gente me rechace cuando me ve caminando por Paseo de la Reforma. Para ellos no soy un muerto cualquiera sino uno de los mayores villanos de la Historia Mexicana. Me tienen en el mismo altar chamuscado que a la Malinche, Hernán Cortés, Santa Anna, y Maximiliano de Habsburgo. Los mexicanos nos odian porque creen que somos el origen de todos los males que sufre el país actualmente.
¿La pobreza y la miseria? Culpa de Cortés…
¿Los problemas entre la Iglesia y el Estado? Culpa de Iturbide…
¿La inestabilidad política del siglo XIX? Culpa de la Santa Anna…
¿Los fraudes electorales del siglo XX? Mi culpa…
¿La ignorancia y el fracaso en la educación pública? Culpa de un secretario de educación….
¡Todo es culpa de un hombre!
¡Siempre de un hombre!
¿Qué tal si hablamos de Santa Anna, por ejemplo? Cada vez que recuerdas que perdimos California, Arizona, Nevada, Colorado, Utah y parte de Wyoming frente a los Estados Unidos, tienes que escupir sobre su memoria por haber vendido algo que no era suyo.
Te he visto hacerlo, no lo niegues. Has comentado en voz alta que Santa Anna fue uno de los mayores vende patrias de la Historia Mexicana pero nunca te has preocupado por entender esa guerra que llevó a perder nuestro territorio, ni la situación política y social de ambos países.
¿Verdad que es más fácil echarle la culpa a Santa Anna?
¿Verdad que es mejor ponerle un nombre a nuestros rencores históricos?
Tú, como casi todos los mexicanos del siglo XXI, están acostumbrados a la historia oficial, con héroes y villanos que no son capaces de pensar o de sentir sino de actuar como muñecos de hojalata en un campo de cartón. Ustedes ven a los protagonistas de la historia como personajes que se mueven en dos dimensiones como una mala novela romántica de mis tiempos.
No pongas esa cara, no te estoy regañando. Tú no me hiciste el villano de México, hubo muchos antes que tú que lo lograron contando los rumores de mi gobierno como si fueran verdades irrevocables.
¡Qué hermoso sería que tú y los mexicanos de tu siglo pudieran recordar que en siglo XIX se me proclamó como caudillo en la guerra de Intervención Francesa, país que me secundó patrióticamente todas las obras que emprendí para industrializar México!
Yo sólo espero que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional un juicio correcto que quite el apodo de villano, traidor y vende patrias.
Y sin embargo, aún hay mexicanos valiosos que me van a visitar a París para llorar mi regreso, que me ven como un hombre: con errores y aciertos, con una ideología. Ese es el mismo trato que merecen los demás villanos de nuestra Historia. ¿No crees?
Entiendo que tengas que irte, yo me quedaré en esta banca a recordar más de mi gobierno, mis mujeres, mi vida.
¡Ah, la vida!
No la desaproveches, porque cuando te la quitan te acuerdas de todo lo que no te dio tiempo de hacer.


Comentarios