Columnas, Entre dos culturas — January 26, 2012 at 6:43 pm

Recuerdos de un sueño frustrado.

 

Era una fría tarde de febrero del 2006 o 2007. Me dirigía a la ciudad de Eagle Pass, Texas, por el puente internacional número uno. El frío me consumía a pesar de que iba refugiada en el coche. Había fila para cruzar. El puente estaba lleno, el avance era lento. Me asomé por la ventanilla del coche y al voltear la mirada al Río Bravo pude observar como salían de él dos personas quienes ya del lado americano no hicieron más que echarse a correr.

Salieron por el lado del campo de golf, pero en esa tarde de crudo invierno no había golfistas, solo esas dos personas corriendo hacia el “sueño americano” con la ropa mojada pero con una esperanza que les calentaba el corazón tal sol radiante; eran una joven mujer y una niña de aproximadamente siete años. Cruzaron el campo de golf y se perdieron entre las hierbas que rodean el edificio de migración (la garita). Llegué hice lo que tenía que hacer y regresé a casa, sin embargo el ver a esa mujer y a la niña me impactó y a la hora de la merienda con un café caliente le conté a mi familia. “Ay Dios mío, esta gente.” exclamó mi madre.

Al día siguiente encendí el televisor en el canal local y para mi sorpresa ahí estaba la mujer que vi. Fueron deportadas. Comentó la joven que lograron llegar hasta la ciudad pero que la patrulla fronteriza (Border Patrol) las detectó, era obvio, estaban mojadas y desubicadas, la pequeña lloraba de frio. En la entrevista mencionó que se les dio atención médica, ropa seca y después las regresaron. Sin pensarlo dos veces la mujer aseguró con una sonrisa en los labios que se le hizo fácil y lo volverían a intentar.

En otra ocasión, venía de regreso caminando, también por el puente uno, solo había ido a las tiendas del centro de la ciudad, las cuales están inmediatamente cruzando la garita. A ese espacio comercial se le conoce como “los chinos” ya que la mayoría de las tiendas son de personas orientales que hablan su idioma (no me queda claro si es chino, mandarín o qué), ingles y el spanglish para atendernos a los mexicanos, algo admirable realmente.

Además tienen precios muy económicos. Collares de un dólar que aquí en México se comercializan a trescientos pesos (ya les contaré más sobre “los chinos” en otra ocasión). El caso es que ya venía de regreso con algunas compras cuando pude ver a un hombre cruzándose el rio sin tantita pena. La verdad es que cuando ves casos de esta índole, te llaman la atención, tal vez sea el patriotismo de “¡ojala que sí llegue!”, o quizá es el morbo de ver qué pasa, si cruza exitosamente o si lo agarra la migra… no lo sé, pero al igual que algunas otras personas, permanecí atenta a la escena. El individuo logró cruzar sin problemas. Se perdió entre el pasto salvaje y quién sabe que sería de él.

Vivir aquí te enfría un poco la sangre en el sentido migratorio. No te asustas de escuchar que hubo otro ahogado, que hubo más deportados. No te asustas de los vagabundos que suplican por una moneda para completar un boleto de autobús a su ciudad de origen ya sea porque no lograron cruzar, los estafaron, o porque los deportaron. Esta ciudad es la llamada “frontera blanca” de México, es una ciudad linda, limpia, aceptable, pero no deja de ser el lugar por el cual todos los días cientos de personas intentan llegar a Estados Unidos. El lugar donde a diario mueren anhelos cuando se dan cuenta que no es tan fácil. Algunos regresan a sus casas, otros se quedan aquí limpiando parabrisas, pidiendo limosna, trabajando en lo que puedan o de plano delinquiendo y buscando dinero para “volver a intentar”, para volver a arriesgar sus vidas, por un sueño que en la mayoría de las veces, se convierte en pesadilla.

He visto a muchas personas cruzar el Río Bravo a plena luz del día, pero definitivamente estos casos han sido los que más me han conmovido.

El lado oscuro de vivir en frontera… ¿qué más puedo decir?

Gema Santanna

Sígueme en Twitter: @gemasantanna21

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