Columnas, Entre dos culturas — January 17, 2012 at 8:00 am

Para empezar

Vivir entre dos culturas es algo que ya se ha convertido en parte de mi vida y cultura personal. Francamente no concibo la idea de no cruzar “al otro lado”. Para los que vivimos en lugares fronterizos, la ciudad extranjera se vuelve una extensión de la propia; una parte de nosotros que no es nuestra.

Pero permítanme platicarles un poco sobre mi vida. Nacida en Jalisco y habitante de Coahuila desde hace veintidós años, o sea toda mi vida (actualmente cuento con veintitrés años); está de más decir que no vine, me trajeron. Sin embargo vivir al norte del país me ha dejado cosas increíbles y un acento surenorteño revuelto con todo lo contrario, ¡ajua!

Mi roce con Estados Unidos es constante, visito el vecino país una vez por semana aproximadamente. Con gran sacrificio de mi familia tuve la oportunidad de cursar la primaria y parte de la secundaria “del otro lado”. Fueron ocho años de cruzar el puente todos los días, ir y venir, pagar los peajes, la colegiatura, el uniforme ¡en dólares!, largas filas en el consulado tramitando visa de estudiante cada año…tantas cosas.

El cruce es relativamente rápido por cualquiera de los dos puentes internacionales, pero lo que no deja de sorprenderme cómo el simple hecho de pagar veinticinco pesos cambia por completo nuestra mentalidad; conducimos mejor, nos comportamos mejor. Como cuando visitamos a la abuela, sacamos nuestros mejores modales. Si los mexicanos tenemos una excelente cultura, muy civilizada, cuando nos lo proponemos. Sin embargo, ni los mejores modales de mesa impiden que los hispanoamericanos con el nopal en la frente te miren por debajo del hombro creyéndose superiores sólo por poseer la dichosa “greencard”. Los estadounidenses son, aunque no lo crean, muy amables con los latinos; al menos en esta región.

Pero si realmente deseas un buen trato ya sea en tiendas, restaurantes o donde sea, muy sencillo, háblales en inglés o bien en spanglish (que es su idioma). Eso garantiza una buena atención pues si les hablas en español, una de dos, o te atienden según su estado de ánimo, que en un momento dado puede ser bueno, regular o pésimo, o de plano te tratan con la punta del pie.

Pero eso no impide que sigamos visitándolos, es una especie de masoquismo light , muy caro por cierto, ¿ya vieron a cuanto esta el dólar? Analizándome me doy cuenta que todo lo que traigo puesto a excepción de mi reloj, fue adquirido en la vecina ciudad texana, todo, hasta el pasador y la liga que sostienen mi cabello, ¿por qué? Porque es de mayor calidad y con los altos precios de las tiendas mexicanas pues prácticamente salimos tablas en cuanto a lo del dólar. Ahí les vas otro caso extraño: allá abundan los restaurantes de tacos y burritos, acá sobran lugares para comprar hamburguesas y ni hablar de los puestos de hot dogs en cada esquina de la avenida principal, ¿irónico no? Más irónico aún, las hamburguesas mexicanas saben mejor y los tacos pues uff, ni se diga, allá no son tacos, son tostadas dobladas.

¿Otra ironía? En todo el país el kilo de aguacate cuesta un ojo y la mitad del otro, lo mismo que las manzanas y entonces aprovechamos los “martes de frutas y verduras” en las cadenas de súper mercados, mientras que en las tiendas americanas encontramos lo mejor de las cosechas “made in mexico” a precios mucho menores, así que por muy increíble que suene vale la pena comprar del otro lado hasta los frutos de nuestros campos mexicanos. Tantos años y seguimos pecando de malinchistas.

Tengo tanto que contarles sobre mis dos culturas, las compras, las revisiones, la comida, la idiosincrasia que nos une y la que nos separa, la vida nocturna. El típico rancho americano vs el típico rancho/ciudad mexicana, pero no nos acabemos el pastel de una sola mordida, mejor sigan leyendo esta columna, se sorprenderán de lo que se vive entre dos países, dos ciudades, tan distintas y tan iguales.

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