Columnas, El Bodegón de las Cebollas — February 15, 2012 at 11:26 am

Mi vida sin un smartphone.

Hace mucho más de un año fui de excursión con una amiga al lugar más mágico y maravilloso sobre la tierra, ahí donde puedes encontrar desde juguetes retro y playeras de Marvel Heroes nuevas de paquete a precios ridículamente baratos, hasta lápidas robadas de cementerios y zapatos y carteras que les quitan a los cuerpos en el Semefo. Para disfrutar de tan extraordinario lugar tuvimos que llegar a la última estación del metro, tomar un microbús con rumbo a la cárcel de Santa Marta Acatitla y codearnos con lo más temerario de la sociedad. Y no, no fue ahí donde me robaron mi smartphone, fue cuando, terminando nuestro shopping, fuimos a comer a la Condesa. Dejé mi celular en una mesa y sin percatarme de nada, de pronto ya no tenía BlackberryY no he vuelto a tenerlo.

Por lo tanto, llevo casi un año sobria de twitter y de facebook móviles, y aunque a estas alturas ya no me pesa decirlo, si me hubieran preguntado algo respecto a este tema  durante los tres meses posteriores al robo de mi smartphone, hubiera llorado implorando que me regalaran uno, que no fueran “así”. Y es que TODA mi familia confabuló para que mis manitas no volvieran a poseer uno de esos artefactos del demonio que les quitaban mi atención, tiempo, cuidado y ayuda, porque yo era una verdader esclava del teléfono. Nunca salía sin él, nunca me quedaba sin pila y nunca era más importante mi acompañante que mi pequeño aparatito conectado al mundo. Estaba, literalmente, pegado a mi mano, y seguramente como la mayoría de ustedes lo hace, dormía con él bajo la almohada.

No fue un proceso fácil. Cuando estaba con alguien que tenía un smartphone con acceso a internet (o sea, casi cualquier persona menor de 30 años), le pedía me dejara loggear mi cuenta de twitter y me la pasaba twitteando como si no hubiera mañana, ansiaba llegar a casa para poder conectarme y ver desde mi laptop todas mis menciones, etiquetas, retweets. Me daban crisis de angustia cuando pensaba algo que merecía ser twitteado (que en esos tiempos era casi cualquier cosa que me pasara por la mente, que me fuera a comer o que escuchara por ahí, según yo) y  yo no tenía mi blackberry en la mano, me daba coraje no poder tomar fotos para poder compartirlas con mis seguidores.

Aprender a vivir sin un smartphone va más allá de no tener acceso a tus redes sociales. Los verdaderos golpes llegan cuando estás perdido y no puedes usar google maps o vas a un encuentro con alguien y no tienes cómo comunicarle que vas tarde, o te surge una duda y no puedes disiparla a la velocidad de tus dedos en la wikipedia, o necesitas un hotel y no hay forma acceder a una lista interminable de ellos. Pero aprendes, porque antes ya sabías vivir así.

Entonces regresé a los tiempos de las tarjetas ladatel y los teléfonos de mis amigos escritos en papelitos. Volví a preguntar instrucciones de cómo llegar a algún lugar a extraños y recuperé lo que no notaba que había perdido: la capacidad de observar y escuchar lo que pasaba a mi alrededor y convivir conmigo misma en los largos tiempos de espera (que eran muchísimos porque en ese tiempo vivía en el D.F. y  viajaba más de tres veces por semana a Querétaro y a Toluca a visitar a mi familia). También volví a cargar un libro.

Al principio mi familia y amigos estaban contentos y agradecidos, me decían que les gustaba que ahora ya les pusiera atención y estuviera más al pendiente de sus acciones. Entonces, ya cuando había aprendido a vivir sin un celular, mis padres tuvieron a bien regalarme uno, uno más bien arcáico que sólo recibía llamadas. Me imagino que ellos eran los que no habían aprendido a vivir con una persona que no es localizable el 100% del tiempo. Lamentablemente, yo ya estaba totamente habituada a vivir sin teléfono y lo olvidaba siempre antes de salir, lo dejaba largos períodos de tiempo sin pila y lo extraviaba a cada rato, hasta que por fín dejó de funcionar.

Ahora soy una de esas fundamentalistas odiosas que se jactan de no necesitar un celular y de que tener uno es símbolo de esclavitud cuando alguien saca su nueva y carísima adquisición tecnológica. Presumo mi independencia y “autenticidad” gritando a los cuatro vientos que no quiero, no necesito y no voy a comprar un celular, a pesar de que mis amigos odian esta postura y se desesperan de no poder tener contacto inmediato conmigo a la velocidad de una tecla. He de reconocer que cuando salió el iPhone 4S estuve a punto de claudicar ante mi postura más por el sentimentalismo que me provocó la muerte de Steve Jobs que por en verdad desearlo o necesitarlo. Pero soy fuerte y lucho muchas veces contra el deseo consumista de un smartphone que, ahora estoy completamente segura, no necesito.

No sé si mi vida sea mejor sin un teléfono celular, sólo estoy segura de que es posible vivir sin uno y no es tan difícil. A veces siento que desaprovecho los avances tecnológicos que se supone hacen la vida más fácil, pero ya no lo necesito, ya no estoy acostumbrada, recordé cómo arreglármelas sin uno y mis allegados ya están acostumbrados a sólo localizarme en casa. Porque a final de cuentas,  ¿saben qué?, no pasa nada.

Sígueme en Twitter: @barrerix

la última estación del metro,

Comentarios

Leave a Reply