Columnas, En Tiempos de Don Porfirio — January 10, 2012 at 8:00 am

Los Laureles Caducos de la Patria

¿Has escuchado la canción de los elefantes que se columpiaban sobre la tela de una araña?

Los laureles caducos de la patria son muy parecidos, los hombres ascienden a ellos para columpiarse en la nada, y cuando ven que la trama no se rompe, invitan a sus amigos.
Si has leído un buen libro de historia de México, te habrás dado cuenta que no toma mucho trabajo convertirse en héroe, una presencia en cualquier batalla y ya. Es muy triste saber que nuestros historiadores de quincena, que son precisamente los que escriben la historia oficial, hicieron a los héroes mexicanos a su imagen y semejanza: con muchas ganas de salir adelante, pero envueltos en el fracaso.

¿Qué quiero decir con esto?

Muy sencillo, para la historia oficial no es indispensable que sus héroes ganen las guerras, sino que luchen; les importa más tenerlos en un campo de batalla con un fusil, aunque no sepan qué hacer contra los enemigos.
Así pues, glorificamos a un nivel obsesivo la batalla del cinco de mayo, y la pregonamos a los cuatro vientos como uno de los momentos más ilustres del México independiente, con el nombre de Ignacio Zaragoza cubierto en el oro más puro de todos. Sin embargo se nos olvida que fue una batalla triunfal entre tantas que perdimos en aquella guerra, y que los verdaderos estrategas de la batallas fuimos el general Miguel Negrete y yo. Si me perdonas el cliché: ganamos la batalla pero perdimos la guerra.
Así, como este ejemplo, te podría contar tantos y tantos que no darías crédito, y te desilusionarías de todo lo que has aprendido en la escuela primaria. Déjame decirte que para mí, esta historia oficial ha dañado muchísimo la mentalidad del mexicano, porque en lugar de buscar el triunfo buscamos solamente luchar como Dios nos dé a entender.

¿O acaso, cuando te has visto afectado por las crisis económicas o los desastres naturales, no has dicho: ah, pero no importa porque los mexicanos somos bien luchones? ¿Fobaproa? ¿Tenencia? ¿Narcotráfico? No importa, porque somos bien luchones, como Miguel Hidalgo y como Francisco I. Madero, y vamos a salir adelante.

¿Y salimos adelante? ¡No! Pero somos bien luchones

Claro, con el pequeño detalle que Miguel Hidalgo no luchó por los más pobres, y no ganó la revuelta que había iniciado. Sus amigos le dieron la espalda, se nombró Alteza Serenísima y fue fusilado como un ladrón, traidor y asesino. Y que Francisco I. Madero fracasó en su revolución, porque el país no se levantó en armas aquel 20 de noviembre, y se vio forzado a huir a Estados Unidos donde consiguió armas. Mi renuncia se dio tras la toma de Ciudad Juárez, contra la que Madero realmente quería. En cuanto llegó a la presidencia, no supo gobernar porque nunca lo había hecho, y fue traicionado y asesinado por el hombre en quien más confiaba: Victoriano Huerta.

Pero, ¿qué importa? ¡Eran bien luchones! Es más, da igual que Zapata nunca haya conseguido el reparto agrario, porque quería hacer valer unas escrituras de tiempos de la colonia española; y tampoco importa que no haya mejorado la calidad de vida de los campesinos en el país.

¡Era bien luchón!

Es más, solo hace falta ponerlo en su foto con su bigote y su sombrero, con su estandarte de: “Tierra y libertad” para hacerlo un héroe de moral incuestionable. Así, los historiadores de quincena preparan los escalones para que Zapata ascienda a los laureles caducos de la patria, a columpiarse como si estuviera en la tela de un araña. Las victorias no importan, los triunfos son desdeñables. Los hechos patrios se vuelven efímeros mientras haya hombres luchones en nuestro pasado. Es entonces que los mexicanos compran un pasado que se dice glorioso y tradicionalista, y se dicen: ¿por qué está tan mal el presente? Y volvemos a invocar al pasado para encontrar la falsa respuesta: Es que los españoles… es que los franceses… es que Iturbide, Santa Anna y Don Porfirio

¡Esos sí consiguieron victorias para México, pero son villanos porque no eran tan luchones!

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