
El primero de octubre de 1970 Janis Joplin grabó por última ocasión. El resultado de aquella sesión quedó insertado en el subconsciente musical en una toma de menos de dos minutos, Mercedes Benz. En la canción le pedía al Señor le comprara un auto de la marca alemana, además de una tele a color -era 1970- y una noche de farra incluyendo la próxima ronda.
En música el término “solista” es muy cuestionable. Poniéndonos estrictos es mucho más común ser un solista al escribir una novela o pintar un cuadro, sobre todo si se hacen oídos sordos a las críticas y colaboraciones de cualquier tercero. El resultado de tal estrategia creativa suele ser genial en unas cuantas ocasiones y feo en la mayoría de ellas, aunque definitivamente es producto del trabajo de un solista.
Quizás el término se ha usado demasiado en la música. Resulta que un solista puede ser, por igual, un pianista tocando una pieza de su propia inspiración -sin compañía adicional- o Juan Gabriel con una orquesta de treinta tocando una de José Alfredo Jiménez.
Mercedes Benz es una de esas contadas ocasiones donde el rock es definitivamente uno de solista -con todo y que fue escrita junto con un par de poetas-. Es la voz de Joplin y nada más, acompañada por un golpeteo que lleva el ritmo. Una voz aguda, potente, con olor a aguardiente y a gloria.
Tres días después de dejar la canción a capella del rock, Janis se iría de farra con Dios. Lo hizo mientras la alcanzamos para departir en la eterna ronda de tragos que se sirven en la gran parranda celestial. Después del tiempo que ha transcurrido no importa mucho la intención de darle “gran importancia social y política” a la canción, tampoco lo hace el que Janis en realidad manejara un Porsche, mucho menos que nunca hubiese tenido la intención de dejarla como testamento ni de morir unos días después.
Al final sólo importa esa voz raspada, descuidada y perfecta que hizo que la pieza tuviera principio y final en esa grabación que anula toda posibilidad de un cover decente. Quizás Joplin también se fue de fiesta con Piaf para burlarse de que nadie más puede repetir lo irrepetible.
Un octubre sonaban esos versos de solista, esos versos de menos de dos minutos a los que bien vale ponerle play cuarenta y un años después.
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