Imagina la siguiente escena: es 13 de abril (el año no importa) y estás en Tailandia donde decidiste llegar a vivir para poner un restaurante mexicano en diciembre, hace poco más de tres meses.
Aun cuando inauguraste tu restaurante el 31 de diciembre, con una cena de año nuevo a todo lo que da, con gorritos que decían “Happy new year”, vasitos con doce uvas para cada asistente, y un reloj que diera las doce campanadas, aquel evento fue un absoluto fracaso.
Parece que algo salió mal.
Volvemos a abril. Quieres despejar un poco tu mente y decides viajar en el tren aéreo al Patpong, el tradicional barrio nocturno de Bangkok, así que interrumpes tu trayecto en la estación Sala Daeng, pero para tu sorpresa en cuanto se abren las puertas del vagón, una horda de gente con barro blanco en la cara y empapados.
Después de dudar un poco decides bajarte en la estación que se encuentra rodeada por la policía local (no sabes si eso te asusta o te tranquiliza) y caminas hacia la orilla del andén, desde donde alcanzas a ver la calle (o donde se supone que deba estar la calle) unos cinco metros abajo de ti y la verdad es que no alcanzas a ver el asfalto, porque lo único que ves es un río de gente a lo largo de todas las calles que convergen ahí.
El barullo que genera esa cantidad de gente es ensordecedor. El tumulto es impresionante. ¿Qué está pasando aquí? Te acercas a un policía y le preguntas qué es lo sucede pero como es de esperarse el hombre no entiende absolutamente nada y se limita a sonreír mientras junta las palmas de sus manos por debajo de su barbilla haciendo una reverencia. Me queda claro que los tailandeses son muy amables, pero de eso a que te puedan sacar de dudas hay una gran distancia.
Aun cuando el miedo a lo desconocido te indica que no deberías estar ahí, decides salir de la estación e internarte en el mar de gente sin reparar en que aquello puede ser una verdadera locura. Tan pronto como eres devorado por la multitud e intentas caminar hacia algún punto, lo cual no sucede, porque simplemente caminas hacia donde te lleva la inercia grupal, recibes una imparable lluvia de agua (que esperas que sea limpia). Todos traen consigo una pistola de agua, algunos más simples traen alguna vasija, pero lo que es un hecho es que nadie pierde la oportunidad de darte un buen baño. Ya ni molestarse es bueno. Pero lo que sí te pone a la defensiva es que la gente toca tus mejillas y en las manos traen barro blanco (que es algo así como talco mezclado con agua).
¿Y luego? ¿Qué puedes hacer?
No te queda más que seguir caminando mientras te mojan y te embarran, lo cual después de unos minutos se comienza a convertir en algo divertido y tus gritos y carcajadas comienzan a confundirse con el barullo de la multitud interminable.
Pasado un tiempo comienzas a escuchar a dos hombres a tus espaldas que vienen hablando en español (una bendición). Luchando un poco con la inercia te giras hacia ellos para poder platicar.
-¿Qué está pasando aquí?- preguntas a gritos.
-Están festejando el año nuevo – te contestan.
-¿Año nuevo? ¿En abril?
-¡Claro! De este lado del mundo se festeja en estas fechas. Le llaman Songkran y lo festejan mojándose. Así que prepárate, porque los siguientes días te van a mojar en toda la ciudad.
Y qué razón tenían. Durante los siguientes días fuiste presa de una guerra contra millones de soldados, todos armados con pistolas de agua en los templos, en las calles, incluso en los restaurantes. No hay un lugar en todo Tailandia donde puedas salir librado de quedar empapado por esos días.
¿Ahora te queda claro por qué tu fiesta de fin de año en tu restaurante no funcionó? ¿Qué trabajo te hubiera costado investigar un poco sobre tus prospectos de cliente y sus costumbres? ¿Por qué insistir en hacer las cosas como a ti te parecen correctas cuando es tan fácil darle gusto a aquellos que te darán de comer?
Dice la sabiduría popular (equivocadamente): “Trata a los demás como quieras que te traten”, pero la realidad es que esa frase debería decir: “Trata a los demás como quieren ellos que los trates”.
Preocúpate siempre por entender cómo es que cada persona quiere ser tratada, ya sean tus amigos, tu familia y por supuesto tus clientes. Trátalos como ellos quieren ser tratados y estarán siempre contentos contigo. Y si son tus clientes volverán. Pero si nunca estás dispuesto a escuchar lo que la gente quiere, seguramente estarás navegando contra corriente, pensando que esto de las ventas es más difícil de lo que realmente es.
La próxima vez que quieras abrir un restaurante en Tailandia, mejor inaugúralo en abril y, en lugar de gorritos y uvas, ten listas las cubetas de agua.

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