Columnas, Echando a perder se emprende — February 3, 2012 at 8:26 am

El Lloron

¡Ay, mis hijos!

Cuenta la leyenda que allá en el México de fines del siglo veinte existía un alma en pena que vagaba por las calles de Querétaro (ahí, pegadito a los arcos). Muchos eran los que le habían visto por las noches de la ciudad colonial, vestido con un traje de marca y una camisa de algodón impecablemente blanca y perfectamente almidonada.

Mientras flotaba por los aires sin raspar sus muy boleados zapatos, simplemente se limitaba a decir de forma lastimera:

- ¡Ay, mis hijos!… ¡Ayyyyyy, mis hiiiiiijos! - repetiendo sin descanso.

Le decían “El llorón” y en sus primeras apariciones, por ahí de fines de la década ochentera, la gente de la zona se atemorizaba al grado de no querer salir de su casa tan pronto como el sol se ponía pues tenían pavor de que esta alma en pena les fuera a generar algún daño.

Pero el tiempo pasó y una vez que la historia de este hombre se conoció con detalle, la gente que antes sentía miedo comenzó a sentir lástima por él, a rezar por su eterno descanso y a liberarlo de aquello que tanto le mortificaba.

¿Cómo supieron la historia?
Un joven padrecito que recién llegaba a instalarse a la parroquia local fue el encargado de tal tarea. Conociendo la historia de “El Llorón” y con mucha valentía (aunque no por ello muy seguro de lo que hacía), el padrecito decidió salir en las noches queretanas a enfrentarse a este espectro. Varias noches se quedó dormido en el quicio de alguna puerta o en la banca de algún parque sin éxito en su hazaña. Pero una noche, finalmente tuvo la suerte (si es que se le puede llamar así) de encontrar al fantasma. Este estaba distraído, lamentándose en voz baja por su descendencia mientras observaba hacia la ventana encendida de una casa.

- Disculpe buen hombre – dijo con voz temblorosa el sacerdote, cuyas piernas temblaban más que su voz, y cuyo rostro se mostraba más pálido que el del espectro, pues la sangre se le había ido a los pies.

El alma penitente giró bruscamente el rostro hacia el padre, que estuvo a punto de desmayarse por la impresión de ver aquel rostro de gesto duro y esa mirada inexistente (como si las cuencas de los ojos se presentaran vacías). Trató el sacerdote de mantener la calma para no salir corriendo. Aclaró la voz para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. Respiró profundo conteniendo las lágrimas y se atrevió a preguntar:

- ¿Puede usted platicarme el motivo de su dolor?

Y después de un largo silencio el fantasma comenzó a dialogar con el sacerdote. Para no hacer la narración muy larga, de todo lo que platicaron daré una breve reseña de lo que aquejaba a aquel hombre. En vida había sido un hombre venido a más. En muy poco tiempo (apenas veinte años) había pasado de no tener nada a tener más de lo que había soñado, incluida una maravillosa esposa y dos pequeños (niño y niña). El entonces joven empresario cometió el gran error de creerse inmortal hasta que un buen día, con apenas cuarenta y dos años, sufrió un paro cardiaco fulminante. Y entonces todo cambió para su esposa e hijos.

Cuando la viuda quiso tomar posesión de los negocios del marido, fue sorprendida por el socio que le informó que nada de lo que estaba ahí le pertenecía. No solo por el hecho de que su marido hubiera muerto intestado que era lo menos grave, pues finalmente ella era legalmente la esposa y correspondía que los bienes de él pasaran a manos de ella como resultado de un juicio de intestado.

El problema mayor es que la empresa nunca se constituyó como una sociedad anónima. Todo estuvo siempre a nombre del socio, en quien el fallecido tenía mucha confianza. Y ahora este no estaba dispuesto a reconocer a la descendencia del confiado amigo, dejándolos simplemente en la calle. Desde entonces este hombre lloraba por los rincones, por no haber tenido en vida el suficiente orden de tramitar dos documentos: un testamento y un acta constitutiva.

El padre, después de escuchar aquella confesión, decidió dar varias misas por su eterno descanso y apoyar con caridad a la familia de este hombre para que él pudiera emprender el viaje definitivo que había postergado. Y algo más hizo este joven sacerdote: encargarse de educar a los hijos de aquel hombre en la adecuada administración de sus incipientes empresas, para asegurarse que no les ocurriera lo que años antes había ocurrido a su atribulado padre.

Moraleja: Papelito habla. Si no queremos andar rondando por estos rumbos cuando seamos solamente espíritu, más nos vale poner de una vez por todas nuestras pertenencias en orden.

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