Columnas, En Tiempos de Don Porfirio — October 28, 2011 at 8:24 pm

El Dolor de un Exilio

 

Déjame llorar.

Sigo sin entender el desprecio de los mexicanos. Estaba tan ocupado gobernando, que no me di cuenta cuando el país me dio la espalda. Un día era el héroe del dos de abril, y al siguiente un dictador al que unos cuantos querían derrotar para quitarle el poder. Que no te asusten mis lágrimas, los hombres también lloramos cuando recordamos un pasado que no ha cicatrizado aún.

¿A ti nunca te ha pasado?
A mí sí.

Todos los días mientras estuve en el exilio, lejos de una patria a la que amé, incluso más que a una mujer. Europa, a borde de una gran guerra, vivía una paz falsa que me permitió disfrutar mis últimos años de vida con cierta tranquilidad, pero aún así extrañé México con todas mis fuerzas: su cultura, su gente, su idioma, su comida.
Por 31 años goberné por un México pacífico, tranquilo, que pudiera darse a conocer al mundo por su cultura. En mis tiempos, México era una nación milenaria al pie de su pasado, entronada en sus palacios y salpicada por su porvenir.

Si tan sólo pudieras entender mi tiempo y mi gobierno, si pudieras viajar a través de los segunderos de tu reloj y conocer la política de finales del siglo XIX, no sólo de México, sino del mundo, entenderías muchas cosas. Dicen que yo no apoyé los derechos humanos y la creación de sindicatos, pero ¿qué país lo estaba haciendo?

Siempre amé a México, le dedique mi vida entera, cada suspiro y cada recuerdo. Cuando el país se levantó contra mí, no esperé a que la nación quedara en la ruina. Bien pude haber reprimido los levantamientos armados, tenía dinero y tenía armas, el ejército me era fiel; pero ese dinero y esas armas eran del pueblo y yo no quise sacrificar mi persona histórica a favor de mi permanencia en el poder. Así lo expresé en cartas a mis colaboradores, en incluso en mi carta de renuncia a la presidencia:

“…vengo ante la Suprema Representación de la Nación a dimitir sin reserva el encargo de Presidente Constitucional de la República, con que me honró el pueblo nacional; y lo hago con tanta más razón, cuando que para retenerlo sería necesario seguir derramando sangre mexicana, abatiendo el crédito de la Nación, derrochando sus riquezas, segando sus fuentes y exponiendo su política a conflictos internacionales.”

Si tanto les molestaba mi presencia en el poder, lo entregué para evitar más muertes. Si de verdad creían que mis errores eran más grandes que mis aciertos, y que mi nombre iba a traer problemas a México, me despedí de la tierra a la que tanto amé y partí hacia Europa.

¡Me exilie por México!

Lloré todos esos años añorando la patria que me vio nacer, convertirme en héroe y en el gran presidente modernizador. Pude regresar con la muerte de Madero y tampoco lo hice. Consideré que el bienestar de México era más importante que el mío.
Dime, ¿cuántos presidentes pueden decir eso? ¿Cuántos gobernantes mexicanos han renunciado por el bien de la nación? Tus grandes héroes no lo hicieron, ni Juárez ni Madero. Renunciamos esos a los que ves como villanos:

Iturbide, Maximiliano, y yo.

Déjame llorar. Ahora que he muerto no he sido yo quién decidió mi exilio, sino el pueblo que me culpa de una revolución que se armó cuando yo no estaba en el país e, incluso, cuando yo estaba muerto.
Espero que nunca te veas obligado a huir de tu país, que lo único que tengas para extrañarlo sea una pintura y un puñado de recuerdos. Espero que no mueras extrañando a tu patria. Es una suerte que no se la deseo ni a mi peor enemigo.

El dolor del exilio no duele en el cuerpo, pero quema en el alma.

Déjame llorar.
Aún hace falta que mi cuerpo vuelva a Oaxaca.

 

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