Mi México ha cambiado mucho.
Al caminar por sus ciudades comprendo que mis tiempos ya no son los tuyos; ni siquiera el aire es el mismo. Cuando era presidente de la República, y salía muy temprano a correr por el bosque de Chapultepec o nadar al lago del mismo, disfrutaba de levantar la vista y ver el lienzo celeste sobre el que la vida pintaba algodones blancos.
Ese mismo era el cielo del siglo XIX, como el de una pintura barroca con luces y sombras, claroscuros: revoluciones al amanecer, imperios que se derrumban al atardecer.
Hoy, sin embargo, veo un México diferente, donde la fachada es un humo perverso que se disipa entre espectaculares de mujeres con poca ropa, cables de electricidad y de teléfono unidos en una telaraña de modernidad obsoleta.
Ya son pocos los colores de estos tiempos: gris es el pavimento que pisas, los edificios que visitas, los coches que manejas y el aire que respiras. Gris es el humor con el que te despiertas todos los días, vas a tu oficina y regresas a la cama.
Grises son los sueños de muchos mexicanos
Grises… grises…

Cada vez hay menos flores, árboles, petirrojos en el aire y valses en el viento. Cada vez queda menos de ese México que tanto amé, que goberné por treinta y un años con orden y progreso.
Camino por las banquetas cuarteadas y comprendo que éstos ya no son mis tiempos y que jamás podría pertenecer a ellos. Yo visto de traje militar con medallas heroicas al pecho, tú de traje y corbata. Ves mi bigote, y no me reconoces, mis arrugas y no sabes quién soy. Me llamo José de la Cruz Porfirio Díaz Mori y, por si no lo sabías, nací el 15 de septiembre de 1830.
Fue hace mucho tiempo, en otro siglo, con otro aire. No tuve medios de comunicación masivos, ni crecí con aparatos complejos. Tuve que aprender a valerme como hombre y como mexicano, a defender mi patria con el cuerpo embarrado de tierra.
Participé en muchas batallas para defender a mi nación pero no hice una carrera propia de militar. Estaba muy ocupado haciendo la guerra.
Entiendo que tu mañana sea gris, y que te aburro con estas palabras del pasado, pero es importante que entiendas de dónde vienes para que comprendas a dónde vas.
Sí, a tu oficina, lo sé; sin embargo yo estoy hablando de tu futuro.
No me conoces por mi bigote ni por mis medallas, tampoco por mis aciertos, ni por el trabajo que yo hice por iniciar la revolución industrial de este país. En la escuela te enseñaron que yo fui el peor presidente de México, que me levanté en armas contra Juárez por la maldad de mi corazón, y asesiné a cuantos estuvieron en contra de mi régimen. Te hablaron de ¡Mátalos en caliente!, de Cananea y de Río Blanco.
No lo niegues, lo puedo ver en tus ojos. Estás pensando que soy la razón, la causa, el fin y el todo de la Revolución Mexicana, que todo lo que malo que sucede en este país es herencia de mi gobierno. Alguna vez has dicho, al igual que todos los mexicanos, que el narcotráfico, la pobreza y la ignorancia son mi legado a la historia; pero no te confundas. A mí me los heredaron, y yo los heredé. Renuncié a la presidencia para que no se derramara sangre inocente.
Entiendo que tengas que irte, te espera tu mundo gris y monótono, a mí la tumba y el olvido. Pero no dudes en que nos volveremos a ver, todavía tengo que contarte mucho sobre mi vida, de las mujeres a las que amé, de los ejércitos que encabecé, del siglo XIX, y de mi caída a principios del XX; de mi destierro y mi muerte.
¿Vas a pasar por aquí mañana? Tal vez vuelvas a encontrarte con mi fantasma nostálgico, y pueda contarte más de mi historia. Ve a tu oficina, yo me quedaré aquí pensando en el México que dejé con mi destierro, en la cultura, la paz las buenas costumbres de antaño, pero ya queda poco de este país que gobernaba hace un siglo.
Poco queda.
Poco.

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