Sería absurdo dar una cátedra de tradiciones y costumbres del festejo que realizamos cada primero y dos de noviembre en mi país puesto que hay mucha información y fotos en la red de este grandiosísimo e idiosincrático evento. Sin embargo, estoy segura de que todos los mexicanos tenemos recuerdos bellos y místicos del día de muertos.
Cuando era pequeña, mi madre me contaba una anécdota en donde su hermana menor, la escéptica de la familia, retaba a mi abuela a comerse los alimentos y frutas del altar y ella le decía que no podían hacerlo sino hasta después del medio día del dos de noviembre, que es cuando se van las ánimas. La pequeña niña todos los años insistía en robar las naranjas ofrecidas a los difuntos de la familia pues eran su fruta predilecta. Una noche decidió romper los tabúes y dormir junto al altar, para su sorpresa, a la media noche las naranjas comenzaron a rodar por la mesa y mi tía tuvo una pequeña crisis de histeria. La anécdota siempre la finalizaba comentando que, para asombro de todos, al otro día cuando recogieron el altar y ya tenían permiso para comer lo que quisieran, las naranjas ya no sabían a nada. Los muertos se habían comido el sabor.
Con anécdotas como esta a los mexicanos se nos hace tenerle respeto a la muerte, pero también a no tomarla tan en serio porque finalmente, al festejarla, la esperamos con la misma ansiedad que la Navidad. Al menos a mí me pasaba eso porque mi abuelo paterno todos los días de muertos me llevaba a la casa de su familia donde comíamos pan de muerto de naranja y azahar. La mezcla del aroma del copal, las flores, las ceras y el pan eran tan delicioso y enigmático que yo podía guardarlo y añorarlo durante todo un año hasta que regresábamos a visitar el altar otra vez.
Cuando crecí, el día de muertos se festejaba en el colegio con intercambios de calaveritas de chocolate y el obligado concurso de altares en el que todos, menos yo por no tenerlos, poníamos una foto de sus difuntos. Después me fui a estudiar la universidad a Guadalajara y no volví ni siquiera a comprar una calavera de dulce. El 1 y 2 de Noviembre se convirtieron en un día más de fiesta donde los estudiantes de intercambio no entendían a bien qué se festejaba. Ah, las ciudades.
Hace cuatro años sufrí por primera vez una pérdida. Nunca se está preparado para eso, aunque cada año convivas con el dolor y recuerdos de tus familiares al recordar a sus muertos. Por primera vez puse mi altar y el ambiente se rodeó de ganas de que viniera a verme, de que las historias de mi madre fueran ciertas y de que las tradiciones llevaran una gota de verdad.
¿Qué nos queda a los que nos quedamos?
Cuando por primera vez puse un altar por mi misma supe por qué el día de muertos siempre será recordado y festejado: porque queremos que algo nos diga que no se han ido del todo y hacernos la ilusión de que hoy por la noche vienen, comen y beben lo que les dejamos guiados por las flores y el incienso del altar que hacemos para ellos, llenos de autoconvicción, para hacer más ligera la realidad de que nunca más volveremos a verlos y de que nosotros también moriremos y seremos olvidados, pero que esto no sucederá sino hasta que se dé nuestra verdadera muerte, que es el día que se pronuncia por última vez nuestro nombre.
(Ven, te espero, de verdad.)

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